Los 80 – El día más feliz de mi vida T05E12 (2012)

Después de ver el capítulo final de la quinta temporada de Los 80 es fácil sentirse decepcionado, un sentimiento que aumenta cuando se recuerdan los episodios que componen esta temporada y que a muchos hace pensar que esta puede ser la peor temporada de la serie. De una multitud de estos los más repetidos en foros y conversaciones son los que dan cuenta de personajes sufrientes en extremo, seres que parecían disfrutar de lo miserable en que se había transformado su vida, siempre a un paso de la más profunda depresión. Y eso que ni siquiera estoy hablando de Juan, el personaje principal de la serie que pasaba de un sufrimiento a otro aparentemente sin haber aprendido nada de experiencias pasadas. Yo creo que ahí está el problema: la serie parece no haber aprendido nada porque todavía considera el drama y el sufrimiento como la expresión esencial de la humanidad de sus personajes. Los Herrera no pueden existir sin sufrir, no son humanos si algo malo no les sucede. Todos pasamos por malos momentos, es cierto, hay crisis económicas o existenciales que siempre acechan y amenazan con derribarnos, pero lo que sucede con los Herrera parece castigo divino, una familia que resume (a la fuerza) casi todo lo que le pasó a Chile durante los 80.

Puede ser que la serie esté jugando el juego de las metáforas, puede que quieran hacernos creer que Juan representa un Chile que murió en los 80. Juan Herrera representaría al Chile que nosotros recordamos como los 80, pero últimamente creo que eso es darle demasiado crédito a los creadores. Los 80 nunca se ha caracterizado por el subtexto, el comentario social imbuido en la esencia de la serie. No, lo de los 80 es la creación de personajes humanos ubicados en un tiempo y lugar muy específicos. Pueden haber veladas críticas a un sistema social particular, pero los personajes al servicio de un comentario político y social no es de Los 80.

Oldboy
Oldboy

Pero esa no es la única queja con la serie. Otra sensación que queda es la de oportunidades perdidas, de guionistas que no sabían muy bien qué hacer con sus personajes. Claudia, por ejemplo, comenzó la temporada sin saber que hacer con su vida hasta que finalmente lo entiende 12 episodios después. No hay nada de malo en eso, después de todo lo que ella vivió no puede ser superado en un capítulo, pero entremedio tuvimos que aguantar sus incesantes caras de pena/rabia/llanto y la insulsa participación de Néstor, un personaje-nada (y medio acosador-pervertido) que sólo parece ser una pérdida de tiempo.

Martín, por otro lado, proporcionaba a los guionistas varias posibilidades creativas a través de su trabajo en una productora y como tal un testigo privilegiado de muchos de los acontecimientos políticos y policíacos de la época, pero al final termina infantilizado, reducido por un conflicto amoroso innecesario y poco interesante, un hombre grande preso de caprichos más creíbles en Félix que en un joven padre soltero de 20 y tantos. Su conflicto era su amor por Paola y no puedo sino preguntar, ¿qué edad tiene Martín?

Ana, ya lo dijimos, participa de todas las historias, pero nunca con una propia. Esto se debe al embarazo de la actriz, algo muy difícil de explicar a los espectadores, de modo que su marginación es comprensible, pero no puedo evitar sentir que es un desperdicio tener a Tamara Acosta limitada a regañar/confortar a su familia.

Slap bet

El ciclo de Félix es el más satisfactorio y no porque haya tenido un final feliz, aunque algo de eso hay, sino porque en él se aprecia verdaderamente el crecimiento del personaje. Félix comenzó la temporada peleándose con su amigo, coqueteando con el lado oscuro (lo vimos borracho, fumando y vandalizando una bicicleta) y sufriendo por culpa de una mujer, hasta que conoció a una que verdaderamente le gusta (y él le gusta a ella, de verdad). La inocencia que permeó todo el ciclo de Félix hace que su historia sea la más atractiva, pero creo que no es sólo eso porque en sus historias hubo comedia, drama, tensión, inocencia y nostalgia. Sus historias quizás no siempre fueron las más interesantes, a veces opacadas por acontecimientos más importantes, pero siempre dejaron satisfechos a los espectadores.

¿Quién nos queda? Juan, el gran protagonista de esta serie, termina volviendo a cero, al mismo lugar donde empezó en la primera temporada. Parece que Juan no aprendió nada durante esta temporada (y los guionistas tampoco). No importa que haya tratado de hacer justicia con sus propias manos (y la ayuda de una llave inglesa) y que su consciencia le haya impedido recuperar su dinero. No, el problema viene de antes. El problema, mis amigos, son los guionistas. Durante toda la temporada se elevaron las expectativas de los Herrera y los espectadores, porque a pesar de todos los problemas que tuvo Juan, cada uno de ellos le indicaba que tenía que independizarse y convertirse en un emprendedor, en el hijo modelo del Sueño Chileno (c). Los 80 nos dijeron, capítulo a capítulo, que a través de tragedias (una constante de la cual la serie no puede escapar) un hombre (y una familia) puede ver y tomar las oportunidades para surgir y construir su propio porvenir. La muerte de Don Farid hizo ver a Juan la necesidad de independizarse, de la misma forma que la aparición de Ricardo lo convenció de arriesgar una hipoteca para hacerlo. Cada uno de estos acontecimientos proporcionaba a la familia una oportunidad para crecer, mejorar, surgir. Porque de eso se trata la vida, ¿no? ¿Quién querría vivir para quedarse en el mismo lugar para siempre?

Mijito, si ya no tiene 12 años.
Mijito, si ya no tiene 12 años.

El final no es fome, en absoluto. Hubo harta tensión en toda la espera de Juan y la historia de Félix casi logra cerrar el capítulo con una nota alegre a pesar de todo lo que habíamos visto antes. No, lo que queda no es fomedad, lo que queda es decepción. Fue decepcionante porque toda la temporada construyó la esperanza de la familia Herrera, nos mostró la posibilidad real de movilidad social para Juan y su familia. Y todo eso se borró por la pasividad de Juan. Todo se arruinó cuando los guionistas decidieron estafar a Juan de su destino en el capítulo anterior. ¿Cómo iban a solucionar esa estafa? No había ninguna posibilidad de que Juan recuperara su dinero por sus propias manos, Juan simplemente no es así, pero ¿por qué ponerlo en esa situación? No, el final fue más que una decepción, fue una traición.

Lo que la serie y sus creadores nos quieren hace creer es que un hombre como Juan se enferma cuando tiene el coraje y asume el sacrificio de atreverse a administrar su propia empresa, dejando atrás los días de simple asalariado compatibilizando familia y trabajo. Al parecer el emprendimiento y la meritocracia enferman al hombre al punto en que arriesga perder a su familia (olvídenlo, no las cubre el AUGE). Su mujer saldrá a trabajar, pero no porque ella necesita su independencia económica ni quiera proyectarse como mujer, sino porque esta familia es mejor cuando es humilde y todos se tienen que sacrificar para VOLVER a salir adelante. Esto es como el final de aquel videojuego, cuando después de recorrer fantásticos mundos por largas horas el juego te dice que todo fue un sueño y arrebata de tus manos la satisfacción de haber logrado algo importante.

Si esta es la forma que tienen Los 80 de cerrar un ciclo, de completar el círculo de sus personajes, no quiero ni imaginar lo que viene en la próxima temporada.

Notas, comentarios y espoilers:
– EL videojuego del que hablo es Mario Bros. 2.
– Los bancos siguen igual de pencas que en los 80. Si alguien falsifica tu firma es TU problema, olvídate de las medidas de seguridad del banco.
– La mamá poniéndole ropa pasada de moda a uno. “Uno no se compra ropa para ir a UNA fiesta”. TANTA VERDAD.
– Camila brujeando a Félix: “tienes que verte taquilla”.
– Juan no pierde oportunidad de decirle al que se le cruce lo importante que es fue el taller para él y lo sacrificado que él es. A-BU-RRI-DO. Una vez está bien.
– Las paces que Claudia hace con Gabriel fueron mucho menos dramáticas de lo que podrían haber sido, principalmente por la decisión presentarla como un monólogo interior.
– La única forma de situar los acontecimientos en la realidad de los 80 es la portada del diario en el kiosko en que Juan y Exequiel espían a la nueva mujer de Ricardo: alrededor del 4 de diciembre de 1987.
– Bruno pega fuerte porque sigue el entrenamiento de Charles Atlas: la tensión dinámica.

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