Inaugurando la sección de ficción en este blog. Lo que van a leer ahora es el producto del delirio y algo de tiempo libre.
Disfruten
++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
Yo no existía para tí, era tal vez un número en la lista, un nombre que se confundía con el ruido de fondo. Tú no me conocías. Pero yo sí te conocía a tí.
Eramos casi vecinos, nuestras casas estaban en lados contrarios de una misma calle, casi frente a frente, por lo que tenía un asiento privilegiado para verte, verte llorar sola en la ventana de tu pieza. Yo te veía a tí, y harto, pero siempre estuviste demasiado ocupada como para notarme.
Yo fui el primero en notar tu depresión, incluso mucho antes que tus padres y ese idiota de tu pololo. A todos ellos les parecía raro que una niña que lo tenía todo (dinero, familia, belleza, inteligencia y un largo etcétera) pudiese caer en una inexplicable enfermedad, un desgano imperceptible que poco a poco se iba apoderando de ti.
Pero yo sí me di cuenta. No podía ser de otra forma, si yo te amaba. Ahí fue cuando empecé a escribirte las cartas. Cartas que nunca te entregaría porque sabía que no tenía los cojones.
Hasta ayer. Ayer sí me atreví a hacerlo. Fue un estúpido acto de valentía del que me arrepentiría más tarde, pero pensé que había algo claramente enfermo en eso de andar escribiendo cartitas a alguien que nunca las va a leer. Terminé de escribir la que había comenzado la noche anterior al verte salir de un auto oscuro llorando. La puse en un sobre café, hecho a mano y la junté con las otras cartas. Cartas en que explicaba que podías confiar en mí, que yo sabía lo que te pasaba, eso que nadie más parecía capaz ver ni sentir. Yo, que nunca te había hablado, te declaraba un amor loco, insano e inocente en unas pequeñas cartas escritas a mano, algunas con pasión y otras con lágrimas.
En el camino revisé mentalmente un millón de posibles escenarios, pero no pensé mucho en lo que estaba haciendo, eso sí, estaba decidido. Esperaba que no me vieras como un sicópata y tengo que reconocer que era una esperanza algo tonta porque ¿qué se puede pensar de alguien desconocido que de la nada te entrega un atado de cartas?. Y más encima espera que las leas.
Llegué al parque a las 6. Sabía que estarías ahí porque siempre estabas sentada los jueves en la tarde, bajo un alegre (?) sauce llorón. Me acerqué a tí aprovechando (sabiendo) que estabas sola. Me saludaste como si me conocieras desde hacía mucho tiempo. Tu voz amigable me trastornó y esa sonrisa perfecta que me dedicaste me erizó los pelos. Recuerdo haber estado temblando y murmuré algo incomprensible y me fuí sin decir nada, no sin antes entregarte el atado de sobres y sentir tu mano con mi dedo índice.
Me largué como un cobarde. Abandoné la única oportunidad de aprovechar tu mirada sorprendida y esa maldita sonrisa amigable. Me subí a mi auto y partí. No miré a la izquierda.
Yo quedé destrozado. Cráneo partido en mil pedazos, el cuerpo gelatinoso, la consecuencia de que los huesos se rompan y pulvericen. Un festín de crónica roja. Un camión que nunca me vió cruzar la calle.
Pero tu lo viste todo a sólo metros. No perdiste la mirada, no me sacaste los ojos, ni siquiera con el ruido chirriante de los neumáticos y el golpe de los metales.
Sí, tu me viste alejarme, alejarme y morir, sorprendida por esa estúpida reacción mía ante tu deliciosa y amigable voz. Me seguiste con tus ojos pensando que yo era raro, pensando en que apenas me vieras de nuevo me hablarías, pensando en que nunca habías sentido tanto calor en un solo dedo.
Ahora te veo llorar con las cartas esparcidas en tu pieza, algunas empapadas en llanto otras manchadas de sangre. Y te diste cuenta de que yo existía.
…
Esta es mi última carta y sé que no podrás leerla. Mientras escucho tus lágrimas caer pienso que mi tristeza es más grande que la tuya. Fue mi error no mirar a la izquierda.